Un día del pasado noviembre decidí retirarme. Sin planificar. Simplemente sentía que algo no estaba funcionando y necesitaba salir del circuito. Una sensación de niebla me acompañaba. A veces más densa, a veces más ligera. Pero me impedía ver con claridad el camino que quería seguir. El resultado era confusión, cansancio y saturación. He pasado casi cinco meses menos disponible, mirando hacia dentro. Y ha merecido la pena. No todo lo que aprieta por dentro es señal de ahora; a veces es solo incomodidad ante la niebla.
Menos búsqueda, más escucha, mientras cambia el lugar desde donde miro la vida; y permitir que, desde ese nuevo lugar, aparezca el siguiente gesto, paso o dirección. Estoy aprendiendo a pausar cuando lo pida el cuerpo, dejar de pensar compulsivamente, observar, comprenderme, simplificar, ganar autonomía, equilibrio y esperar claridad. Así voy cambiando el rumbo de dinámicas personales, familiares y profesionales.
Suelen surgir momentos de impulso creativo muy orgánicos cuando escribo tras pasear por el mar, o incluso enviándome audios sobre el tema que quiero desarrollar. Allí no hay bloqueo. En cambio, fijarme una hora y un lugar más formal, delante del ordenador, muchas veces llevaba a que lo que había nacido no me convenciera, además de actuar con ansiedad disfrazada de decisión.
La actitud de retirarme ha traído cambios: Mirar menos el móvil y recibir menos estímulos digitales.
Para adquirir dirección, tomar perspectiva ayuda a avanzar con simpleza. Cuando estamos demasiado cerca, en automático, vemos los detalles pero perdemos el conjunto. Ante la incertidumbre es fundamental ponerse manos a la obra: adoptar hábitos saludables y ordenar el mundo interior. No basta con verlo o decirlo, hay que actuar. Madrugar, meditar, hacer deporte, leer, escribir o estar presente con el núcleo familiar.
Hay heridas emocionales que ya cumplieron su ciclo; es momento de dejarlas atrás. Lo he sentido estos meses. Las inercias y recuerdos que me llevaban a reaccionar con personas cercanas ya están localizados y aceptados. Fueron defensas que empleaba para sobrevivir cuando no tenía más herramientas. Ya no son para mí. Ya no las necesito.
Ha habido semanas agotadoras al ir soltando lo viejo. El cuerpo se desajustaba, soltando presión, señales de desalineación entre lo que hacía y lo que realmente quería. La incoherencia cansa el cuerpo. Antes de crecer, toca depurar exigencias y expectativas heredadas. Primero orden interno, luego expansión externa.
Por ello, no siento que mi cambio se produzca al pensar distinto, sino por cómo percibo, siento y vivo ahora. La flexibilidad es una llave para adaptarme y no resistir al cambio. Ahora que asomo la patita, no me sale defender ni justificar mi proceso. Solo sé que estoy tranquilo y que me apetece volver a relacionarme, poco a poco, sin prisa, eligiendo los momentos. Cuando una decisión es coherente, el cuerpo descansa. No hay estado de alerta. La acción justa no reacciona: responde.
Todo cambio profundo tiene una fase invisible; las raíces crecen en silencio. Lo incómodo ahora puede ser fértil después.
He comprobado que cuando respeto el tiempo (paseo antes de decidir, escribo antes de lanzar, espero dos días antes de responder), lo que emerge tiene más coherencia y menos lucha interna. También cuando miro lo pequeño con presencia: palabras, gestos, detalles. La claridad aparece cuando la mente deja de dispersarse. Escuchar de verdad. No necesitar tener razón siempre. Poder aprender de cualquiera. No sentirse por encima ni por debajo. Hacer algo enriquecedor sin necesidad de exhibirlo.
“Conviene que el hablar consista más en mostrar que en demostrar, más en describir que en explicar y más en prestar atención que en analizar”, indica uno de los despertares de Cuca Casado. Estoy aprendiendo a empezar de nuevo más despacio. Y compruebo que necesito más silencio; estoy reconstruyendo mi vida con menos ruido.
La claridad muchas veces es más descarte que descubrimiento. Menos respuestas, dejar de sostener lo que es forzado. Ahora sé que no quiero planificar muchas cosas con amigos o, si lo hago, que modificar la ruta sea fácil, al primer toque. Sé el ritmo que necesito: equilibrar cada día como si fuera una vida.
Yendo al presente, con el cambio de estación, esta semana no busco decidir mi vida. Solo quiero ver con claridad lo que sobra. Cuando lo innecesario cae, la primavera llega sola.
“Las soluciones no son fáciles de concebir y la humildad es paciencia atenta”, dijo Simone Weil. Es decir, la claridad nace de una atención sencilla, tolerante y serena frente a la realidad.



