Este relato sobre Aurelio, Esther, Eloísa y Paco, mis abuelos, nace de recuerdos, observaciones y conversaciones. No pretende ser una biografía, sino una forma de honrar sus vidas, acercándome a ellos con lo poco que sé y reconociendo sus huellas para inspirarme en mi propio camino. Con cariño e imaginación.
Con el tiempo he empezado a reconocer en ellos una pequeña brújula. Como Paco, apasionarme para crear. Como Eloísa, cuidar para crecer. Como Esther, confiar para volver a empezar. Como Aurelio, caminar para soltar y andar ligero.
Un ciclo. Cuatro direcciones que vienen de lejos. Y que hoy me acompañan en el camino.
Estas son algunas de las huellas que me llevo:
Eloísa
Se fue rozando los cien. A mis oídos han llegado historias de juicios familiares por su manera de criar y el asesinato de su padre durante la Guerra Civil. En mi memoria está en la cocina. En concreto, recuerdo una noche en su piso de Sevilla. Era la hora de dormir y ella seguía allí, sentada, en silencio, pelando garbanzos con atención antes de dejarlos a remojo.
Con ese mimo nos cuidaba. Con besos en la frente, con algunas tortas de polvorón del Horno San Buenaventura (si destaparon mi celiaquía, que me quiten lo bailao) o con palabras justas de amor, casi susurradas, que solían ir acompañadas de un “miarma”.
Así se dirigió a ella mi padre cuando se moría: “Tranquila, mamá; tú, tranquila, que estamos aquí todos a tu lado, incluidos los que no están”. Y aquí seguimos. Practicando, en el día a día, el ejemplo de los garbanzos: ponerle cariño a las cosas.
Paco
A él sí pude conocerlo durante unos diez años. Lo recuerdo con una voz tremendamente grave, el bigote, el pelo hacia atrás, ropa tirando a marrón, incluso el neceser que llevaba a todas partes, las babuchas y el monedero. De semblante serio, llamaba Curra a mi abuela Eloísa.
Había humor en sus comentarios y en sus gestos. Te hacía con arte el clásico truco de los pulgares que se separan.
De puertas afuera le tiraba el morado, por su devoción hacia la Semana Santa, en concreto, por San Benito. De ahí que fuera tradición, y disfrute, esperar a los pasos en un cruce concreto. También le pirraba el rojo, por su pasión por su Sevilla FC. Tanto, que llegó a asistir a la colocación de la primera piedra del actual Ramón Sánchez-Pizjuán, con mi padre del brazo cuando tenía un año.
Y, según cuentan, le temblaba el cuerpo cuando escuchaba aquello de: “Beeeti, Beeeti...”.
Cómo habría disfrutado con el gol de Puerta o el de M'Bia.
Llegó a simultanear dos trabajos para sacar adelante a la familia. Fumó tela. Se fue un año antes de la Expo de Sevilla y de que nosotros nos fuéramos a vivir junto al mar, donde, según mi padre, habría disfrutado como un niño.
Aurelio
Murió cuando yo no tenía ni cuatro años.
Por lo que he visto, escuchado y leído, hay algo en su manera de estar que hoy me orienta.
Fue panadero durante siete años. Lo dejó para dedicarse a la labranza. También estuvo en la guerra, en Brunete y en la Batalla del Ebro, concretamente, en la Quinta Brigada de Navarra.
Mi abuela Esther cuenta que apenas disparó una vez, “a lo tonto”, y que a veces lo recordaba diciendo: “Mira que si de ese fusilazo maté a alguien”.
No ocurrió. Pero la guerra dejó otras huellas.
Una mañana, mientras iba con un compañero a buscar agua para la panadería de la comandancia, comenzaron a dispararles. Aurelio logró esconderse en una peña. Su compañero no tuvo la misma suerte.
Esther lo recuerda así: “Tal era su fobia a tales enfrentamientos que le dejaron una huella imborrable en su corazón de la que no se pudo recuperar”.
Mi madre dice que era austero, que se abría a jugar, que le encantaba bailar. Aprendió a escribir de adulto. Hablaba poco, pero sabía elegir el momento para que sus palabras resonaran.
La gente confiaba en él.
Quizá por eso fue durante unos meses alcalde de Villaco, un pequeño pueblo de Valladolid.
Su mujer lo describe así: “Un chico moreno, de ojos negros, que me hizo muy feliz y que dio paseos por mí. Tuve un matrimonio estupendo, ya que mi marido era de lo más bueno que puede existir”.
Esther
Es la única que aún está aquí. Está a menos de dos meses de cumplir 108. Es la abuela que más familia ha visto crecer. Siempre me ha llamado la atención su capacidad para situarse en la vida del otro: encontrar el momento, decir las palabras justas, adaptarse a quien tiene delante sin dejar de ser ella.
Quizá aprendió pronto. Era la mayor de seis hermanos y a los ocho años comenzó a segar en el campo. Los domingos bailaba con sus amigas y amigos en Castroverde de Cerrato. También estaba El Baile, una forma de dar la bienvenida a los forasteros. Hasta los 16 años, la diversión estuvo ligada a juegos como el bote.
Su legado es el espacio que crea a su alrededor. Habla de forma directa cuando la palabra es necesaria. Lo hizo conmigo el 28 de junio de 2002, cuando la entrevisté para un trabajo para la universidad. Tenía 83 años y me contó esto:
“Era necesario trasladarnos a un pueblo de Palencia para vender la cosecha (garbanzos) al doble de precio. Como mi madre tenía que quedarse al cuidado de mis hermanos y mi padre no debía descuidar las tareas del campo, tuve que ir yo con 21 años, acompañada de mi hermano Eliseo. La experiencia una vez que la superas es muy reconfortante, pero recorrer 100 kilómetros en burra, con tu hermano menor que tú en siete años, te da una responsabilidad tremenda y se te pasa por la cabeza multitud de situaciones, hasta veía movimiento por los matorrales durante la noche. Menos mal que salió redonda la operación y ganamos unas perras de más, que nos vinieron fenomenal. Desde luego, como todo en la vida, si quieres algo tienes que arriesgarte”.
Quizá ya estaba ahí aquella niña de 1918 que no buscaba la complacencia de su padre, como escribió mi primo Rober. La misma que sabe caminar a su manera y, al mismo tiempo, estar con los demás.
Su sabiduría es la presencia.
Ellos son una parte de dónde vengo. Pero los pasos que vienen los daré a mi manera. Ya veremos cómo. Y, si no me gustan, tendré otros.
Sus huellas estarán en esta sección, 4 Pistas, reuniendo personas, libros, conversaciones, arte, humor, historias, deporte, pequeñas cosas.
Sin mapa, voy encontrando señales y las acerco para caminar, cuidar, crear y confiar.
Que todo lo sabio y amoroso que venga de ellos (y de quienes encuentre por el camino) llegue a La Medular.
Vamos con todo, familia.



