Según mi madre, nací con tres kilos y pico. Con el paso del tiempo quedé enmarcado en un niño alto y delgado. Como mi cabeza es alargada a la media, el comentario era recurrente: “No es que seas tan flaco, es que tu cabeza lo acentúa”. Hombros estrechos, metabolismo acelerado. Ectomorfo de manual. La palabra suena técnica, pero durante años fue simplemente mi forma.
Hasta entrada la veintena no le di demasiada importancia. Me gustaba. Me veía compensado. Ni fuerte ni débil. Normal.
La primera grieta llegó con mi primera ruptura. Perdí peso. Empecé a mirar la báscula con recelo. A los treinta, alguna pérdida de trabajo volvió a reflejarse en menos kilos. Y pasados los cuarenta, en plena crisis personal, el cuerpo dejó de susurrar y empezó a hablar claro.
Seis meses después de la segunda vacuna del Covid, por lo que sea, mi sistema inmune lanzó avisos: digestiones pesadas, gases constantes. Y el día de mi cumpleaños, hace dos años, tras un simple café, lo que creí una gastroenteritis se convirtió en seis meses de diarreas casi diarias. La delgadez se acentuó. La fragilidad también.
Ahí empezó la verdadera toma de consciencia. Me puse manos a la obra. Observar, investigar, entender, encontrar rituales saludables.
Mi relación con el cuerpo pasó de ser turista a habitante. De vivir dentro de él sin escucharlo, a empezar a atenderlo. En los últimos tres años he ido soltando automatismos: beber alcohol por inercia, obsesionarme con un determinado peso, buscar curarme solo por la vía rápida, no obligarme a tener relaciones forzadas. He aprendido a afinar con medida y con límites.
Psicóloga. Acupuntura. Quiromasajista. Nutricionistas. Fui pivotando alrededor de quienes intuía que podían ayudarme. Y lo hicieron, cada uno en su tiempo.
Con Natalia, la psicóloga, comprendí el impacto corporal de mis pensamientos. Lo que no se expresa, el cuerpo lo traduce. Con Cho, en la acupuntura, entendí el valor del gesto mínimo. Llegué con digestiones alteradas y la piel amarillenta; salí con una sensación de reajuste silencioso. Con Óscar, el quiromasajista, aprendí a descongestionarme. El ejercicio del cuello sigue siendo un recordatorio de que tensarse no es obligatorio.
Con las nutricionistas hubo aprendizaje y también exceso de control. Ayunar. Respetar el descanso entre comidas. Ordenar. Pero también rozar la rigidez en el intento de ganar peso. Ese objetivo, poco a poco, perdió centralidad. Porque entendí algo más profundo: no se trata de forzar el cuerpo para que encaje en una idea, sino de crear condiciones para que encuentre su equilibrio.
No tener prisa y abrir la mirada. Todo puede ser. Pero, como dijo Paracelso: “La dosis hace el veneno”.
Hoy ya no tengo diarreas. Los gases son más esporádicos y sé escuchar de dónde vienen. No he conquistado el cuerpo; he aprendido a acompañarlo. Intento poner las condiciones —descanso, movimiento, alimento real, menos autoexigencia— y no controlar el resultado.
He aprendido que el cuerpo no se domina, se armoniza. No se empuja, se espera. No se corrige, se escucha.
Está siendo mi gran maestro en humildad y paciencia. Porque sanar no es un acto heroico; es un proceso orgánico. Como el bambú, durante años parece que no crece, y un día, sin hacer ruido, se eleva.
Mi cuerpo ya no es algo que gestionar. Es el lugar donde habito.
Y cuando lo escucho, la vida se ordena.



