Agosto. 12 del mediodía. 2 cafés en la mesa. Conversación de corazón a corazón. De repente, Gloria deja caer: “¿Resignarse o aceptar?”. Y añade: “Cómo cambia el cristal con el que miras la realidad, dejando la moral cristiana a un lado. Pasas de cargar peso ante lo que no puedes cambiar, a soltar peso con lo que no depende de una”. Esto me hizo detenerme y me lo apunté.
Hoy traigo aquí aquella conversación para mirar una misma realidad desde distintos ángulos y a través de distintas voces. Porque quizá no siempre podamos elegir lo que sucede, pero sí podemos preguntarnos desde dónde lo estamos mirando.
Cuentan las lenguas antiguas que, en la Edad Media, un hombre virtuoso fue injustamente acusado de asesinato. El autor de los hechos era un hombre muy influyente. Se organizó un juicio amañado en el que la suerte del acusado iba a depender de que sacara un papelito con las palabras “inocente” o “culpable”. Realmente, en los dos papelitos ponía la misma palabra: “culpable”.
El juez instó al hombre a decantarse por uno. Antes, quedó en silencio, respiró profundamente y decidió lo que el instinto le sugirió: tragarse uno de los papelitos. En seguida, se oyó: “¡Pero qué hizo! ¿Cómo vamos a saber el veredicto?”. “Es muy sencillo”, respondió el hombre. “Es cuestión de leer el papel que queda”.
El relato es de un autor desconocido. Podría haber arrojado la toalla, pero menudo as se sacó de la manga el señor. En esta línea, se mojó Albert Einstein. Para afrontar situaciones complejas dijo en alguna ocasión: “Cuando todo parezca perdido, usa la imaginación”.
“¿Qué prefiere, crear o curar?”, pregunta Víctor Amela a Adanowsky en La Contra. “Creer. Prefiero tener fe”, responde. Y prosigue la argumentación: “La vida es hermosa o una mierda... dependiendo de tu atención. El caminante puede fijarse en el trino de los pájaros o en las cacas de perro del camino”.
¿Entre acompañar un café americano con un dátil o con chocolate puro, con qué te quedas? ¿Es mejor uno que otro o depende de cómo lo saborees? Cambiando el cristal con el que miramos, puede cambiar la experiencia de las cosas.
Y esto me lleva a otra pregunta: ¿qué cualidades elegimos valorar? Francesc Miralles señala una paradoja: “Las personas amables tienen una desventaja competitiva respecto a las de carácter más abrupto. Son personas delicadísimas, pero pocas resultan carismáticas. En un mundo endurecido, la amabilidad puede confundirse con debilidad. Para mí son la élite de este mundo, lo mejor de lo que podemos llamar humanidad. Son quienes añoraremos de verdad el día que no estén”.
Quizá, en el fondo, de eso hablaba Gloria aquella mañana. No siempre podemos elegir lo que nos ocurre ni lo que otros piensan de nosotros, pero sí podemos detenernos a mirar desde dónde lo estamos viviendo.



