Hay situaciones que piden rapidez. Si mi hijo de 2 años corre hacia la carretera, me lanzo como un rayo a por él. O una oportunidad laboral que está en consonancia con tus valores. O una intuición fulgurante sobre decirle algo a una persona que pide movimiento inmediato. Esas acciones instintivas son limpias. No pasan por la mente, nacen del cuerpo. Pero muchas de las urgencias que aparecen no vienen de la realidad, sino de la incomodidad que se activa dentro.
No queremos sentir incertidumbre. No queremos sostener el vacío. No queremos habitar la ambigüedad ni quedarnos sin respuesta. No queremos salirnos de un grupo de WhatsApp por si aparece la sensación de ser el raro. No queremos decir lo que pensamos por si algo se rompe en el vínculo. Entonces, se activa el movimiento para calmar la tensión, para recuperar equilibrio, para no quedar fuera del sistema social, más que para actuar desde algo coherente con uno mismo.
Durante años confundí intensidad con claridad. La rabia en la carretera ante un claxon era normal. El miedo ante las reacciones contrarias de gente querida me ofrecía una narrativa coherente. Los triunfos del Sevilla junto a mi padre tenían un sabor de complicidad que me reconfortaba. Pero intensidad no garantiza claridad. Como solía decir Allan Santos, maestro de PNL, la mente es una buena abogada, no un buen juez. Le das una sensación y construye un caso. Entonces, empecé a observarme un poco más y a no estar tan pendiente del retrovisor, de las respuestas, de si llega el gol o no…
Y como en mi vida actual de padre no veo irme de retiro de silencio durante 10 días, desde hace un tiempo intento ir cada año al Camino de Santiago a andar 5 días. No voy a la naturaleza para pensar mejor, sino para soltar carga. Tomo distancia de mi vida para experimentar una forma más ligera de estar. Desde cargar menos la mochila, a tomar decisiones más flexibles. Normalmente, la primera etapa me lleva a darle vueltas a cosas hasta agotarme por la inercia que traigo. En las siguientes, la mente va perdiendo volumen y el cuerpo recupera presencia.
Si en la primera edición, me afanaba por cumplir a rajatabla con todos los itinerarios marcados (kilómetros, albergues…), esta última la adapté a lo que me pedía el momento. Por ejemplo, en la última etapa, desayuné en un lugar que invitaba a la calma, caminé un rato y llegué a Santiago en bus. Entendí dejándome llevar que la claridad no se planifica. Cuando el sistema se equilibra con el cuerpo, aparece otra forma de descanso.
He ido comprendiendo que muchas veces se decide desde la activación, desde un sistema nervioso en modo amenaza. Desde ahí todo parece inmediato, todo parece definitivo. De hecho, dentro del valle solo se ve la próxima roca y parece que eso es todo el paisaje. Pero cuando se asciende la montaña, el paisaje se ordena. Nada ha cambiado abajo, solo la forma de verlo. La distancia no elimina lo que hay, lo vuelve más legible.



