Mis veranos nunca han empezado el 21 de junio. Empiezan el 1 de julio, cuando nació Manu. Y terminan el 1 de septiembre, cuando empezó mi historia con Elena. De ella ya hablé en otra ocasión. Hoy quiero hablar de él. Porque hay personas que terminan representando mucho más que a sí mismas. Manu es una de ellas.
Nos conocimos por casualidad en uno de los miradores de Oporto. Íbamos con nuestras parejas de entonces y bastaron unos minutos para descubrir que compartíamos una forma parecida de mirar la vida, el humor y el fútbol.
Después llegaron más casualidades. Resultó que los dos habíamos pasado los veranos de nuestra infancia en la Playa de San Juan, en Alicante. Él iba en julio; yo vivía allí todo el año. Jugábamos en urbanizaciones vecinas sin llegar a coincidir nunca.
Tuvo que ser Portugal quien nos presentara. Volvimos a encontrarnos en Coimbra y seguimos el viaje juntos hasta el Algarve. Durante aquella semana compartida nació una amistad que hoy sigue tan viva como entonces.
La vida, claro, ha hecho su trabajo. Han venido viajes a Madrid, Cádiz, Sevilla, Pamplona, Liverpool, Roma o Sicilia; reencuentros en Alicante y etapas muy distintas. Y, sin embargo, la amistad ha seguido encontrando la manera de llegar.
Ahora compartimos el camino con otras personas, tenemos hijos y menos tiempo libre. Pero el fútbol, el humor, las conversaciones y esa honestidad que apareció el primer día siguen ocupando el centro de nuestra amistad.
Es la prueba de que se puede querer incluso en la distancia.
Vivir en ciudades diferentes nunca ha impedido que cuidemos esa cotidianidad que mantiene viva una relación. Quizá porque, sin decirlo demasiado, siempre hemos entendido que algunas amistades también necesitan jugar el partido completo.
No es perfecto. En Biwenger ficha a grandes nombres y luego el equipo no siempre termina de funcionar. Se olvida de cosas, como todos. Puedes llamarlo y no dar con él. O llamarme a mí y que ocurra lo mismo. Pero qué más da. Cuando nos encontramos, estamos de verdad. En media hora caben las risas, las historias, lo que pesa y lo que ilusiona. Hay personas con las que el tiempo se mide de otra manera. Un café con él basta para salir con más energía de la que llevabas al llegar.
Por eso, para mí, Manu es el verano.
Porque sonríe incluso cuando atraviesa momentos difíciles.
Porque pregunta con verdadero interés y tiene la extraña capacidad de hacer que quien tiene delante se sienta importante.
Porque convierte cualquier rato en una oportunidad para jugar.
Porque desprende una energía que parece no agotarse nunca.
Da igual que sea haciendo deporte durante horas, organizando un plan o, hace años, alargando una noche cuando cualquiera habría pedido la hora.
Pero, sobre todo, porque conecta personas.
Hace de pegamento con la gente que quiere. La prueba es que dos de mis mejores amigos son, precisamente, sus antiguos compañeros de piso del Erasmus.
Hace unas semanas, Manu me envió un fragmento de El Faro. En él, Elvira Mínguez decía que un día le confesó a su hijo lo que había descubierto sobre la vida:
“El único sentido que tiene la vida es disfrutarla”.
Pensé que pocas frases resumían tan bien su manera de estar en el mundo. Y es que hay personas que no necesitan repetir una idea para demostrar que creen en ella. Les basta con vivirla. En su casa siempre hay un balón esperando, camisetas de fútbol y una propuesta de plan.
Cuando duerme a sus hijos, muchas noches acaba en la cancha del barrio dando unos toques o echando un partido con quien aparezca. Y hasta consigue que Biwenger sea otra forma de seguir reuniendo a los amigos.
No entiende el disfrute como una recompensa. Lo entiende como una forma de estar en el mundo. Acaba de cumplir 45. Había que celebrarlo. No por la cifra. Sino porque sigue recordándome que el verano no empieza cuando cambia el calendario.
Empieza cuando tienes la suerte de cruzarte con alguien capaz de llenar un día cualquiera de juego, conversación, risas y vida.
Por muchos veranos más, Manu.
Y que nosotros sigamos encontrando la manera de tirar paredes.



