La vida me enseñó algo la semana pasada.
El lunes arranqué con la energía baja. El martes me recuperé y viví una mañana intensa y equilibrada: un encuentro íntimo y breve, la reserva de un libro de una mujer de 71 años que vive en la naturaleza a su manera, unas horas de trabajo, una caminata.
El miércoles la energía seguía, pero empecé a acelerar. Y sin darme cuenta, me fui saliendo del ritmo natural.
El jueves el cuerpo, que ya venía avisando con varios síntomas, habló claro. Me levanté agotado, y ese cansancio se extendió hasta el viernes.
Ahí lo vi: no es tener energía, es saber sostenerla.
Si no escucho cuándo parar, me vacío.
Quise estirar la energía del martes. Corrí en vez de andar. Más móvil. Menos centro.
Me fui.
Y al caer, vi el regreso al camino: volver a escuchar, volver a dosificar, volver al presente.
En ello estoy.
“Quién es… que llama a mi cabeza a todas horas, que puede remendar todas las hojas que han caído… al suelo como un árbol en invierno y… sé que sólo estoy mirando de otra forma, que voy a dar la vuelta a nuestra sombra, mientras busco el modo de remontar el vuelo”, dice un estribillo de la canción Caída libre de Robe, en colaboración con Leiva.
Dos letristas poniendo palabras a esto: mi caída de aquel octubre, el ruido de la mente, meses observando patrones, el cambio de mirada y la vuelta.
Equilibrio no evita la caída; la integra.
Ni euforia cuando todo parece ir bien (como cuando tu equipo gana), ni catastrofismo cuando se tuerce.
Porque ser ecuánime es sostener, caer y volver al punto medio mientras la vida avanza.



