La abuela Esther, la madre de mi madre, está a punto de cumplir 107 años. Podría haber sido una de las voces en Esos surcos venerables. A pesar de sus achaques, sigue conservando la capacidad de Zidane o de Pedri para que el juego (la familia) se ordene a su alrededor. Hace que todo fluya, que la familia esté unida.
Algún día se irá, y lo que quedará no será un discurso trillado, sino una forma de estar. Su legado no es lo que dice, sino el espacio que crea. Une sin esfuerzo, se coloca en los zapatos de los demás, habla de forma directa cuando la palabra es necesaria (en su voz, incluso lo incómodo se vuelve verdadero, nunca agresivo) y calla cuando el silencio sostiene más.
En un mundo acelerado, como dice David Trueba, “sobreactuado por la vigilancia constante”, y “atrapado en urgencias disfrazadas”, como denuncia Juan Tallón, mi abuela sigue anclada a la tierra. Resiliencia, austeridad, sentido del humor, fe y lazos familiares: ese es su idioma. No da lecciones. Da presencia. Y desde el centro, sin moverse, nos mantiene juntos.



