La sabiduría de sacar la basura
Cuando dejas de exigir que todo salga bien, empieza el descanso
Antes de la plantà de Hogueras, el 20 de junio, en casa tenemos las maletas hechas para salir pitando en la menor oportunidad. Ya sea a cobijo familiar o a escondrijo provincial. Más que las comodidades, lo que prima durante cuatro días es el silencio. Y es que hay que vivir en Alicante y tener perro para saberlo… Petardos como bombas que te hacen casi meterte debajo de la cama.
Además, las reglas del juego parecen ser que vale tirarlos a cualquier hora. Le pasó hace unos días a un ser querido, que dormía en una zona más tranquila con unos AirPods con cancelación de ruido y el aire acondicionado encendido para fabricarse un modo burbuja. Un estruendo lo despertó de golpe. Más que gritar el mítico «¡Pero esto qué es!» de Matías Prats, encendió la tele… y vio el gol de España.
Como en el fútbol o con la pólvora callejera, nunca sabes qué puede pasar. Tampoco qué te vas a encontrar en una casa rural. La cuestión es no pretender unas vacaciones perfectas. Normalmente las sorpresas agradables aparecen: un enclave mágico, la distribución de la casa o los encuentros casuales con paisanos. Las dificultades, en cambio, solemos llevarlas a cuestas nosotros: cambiar de casa, de cama, de ritmo… Todo necesita un tiempo para asentarse.
Por eso no fueron días ideales.
Fueron días de adaptación.
Al calor.
Al silencio después del ruido de las Hogueras.
A convivir tres personas, un perro y todo lo que cada uno llevaba sin saberlo.
El lunes pensé que el problema eran las circunstancias.
Ahora creo que solo estaban haciendo visibles patrones que llevaban años conmigo y que, de vez en cuando, vuelven para recordarme que siguen ahí. Por mucho que lleve meses intentando transformarlos.
No era solo el calor. Ni una discusión. Ni una cena tardía y sin atención. Ni la diarrea de la madrugada. Todo formaba parte de una misma historia: la dificultad para darme cuenta de cuándo empiezo a cargar con más de lo que me corresponde.
Aquella tarde salí a sacar la basura.
Treinta minutos.
Nada más.
Por el camino me crucé con dos mujeres que habían perdido unas llaves. Más adelante descubrí una pequeña finca con un caballo, un burro y otros animales. Llamé. Salió un hombre. Me dijo que aquello era su casa y terminó la conversación con una frase inesperada:
— “Podéis venir cuando queráis”.
Volví más ligero.
Esa noche incluso acabé bailando desnudo con mi hijo en la terraza. Más tarde descubrí que una cámara privilegiada había inmortalizado el momento.
No habían desaparecido los problemas.
Había cambiado mi manera de volver a ellos.
El martes mi cuerpo todavía necesitó parar. Yo deseaba tranquilidad y silencio, pero ya habíamos quedado con unos amigos y su hija pequeña. Pensé que me costaría sostener la visita. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Escuchar, conversar sin prisa y sentirnos acompañados fue un pequeño chorro de aire fresco que ayudó a cambiar la inercia.
Con los días, algo fue virando.
No porque desaparecieran las dificultades.
Sino porque empecé a aceptarlas como parte de la adaptación.
El miércoles llegaron las risas, los juegos, la piscina y los libros.
El jueves madrugué. Caminé hasta el pueblo para tomar un café y comprar el desayuno para la familia. Cinco mil pasos después regresé con una energía que no había tenido al principio de la semana.
No porque hubiéramos encontrado unas vacaciones perfectas.
Sino porque dejamos de exigirles que lo fueran.
Leí entonces una frase de Aina Clotet que me acompañó el resto de esos días:
— “Soy de los vínculos honestos”.
Creo que las relaciones transparentes, empáticas y coherentes incluyen todo el paquete: el cansancio, las risas, las discusiones, las reconciliaciones, los bailes, los paseos para sacar la basura y la posibilidad de aprender juntos, sin esconder lo que todavía estamos aprendiendo.
Quizá de eso tratan muchas vacaciones.
No de escapar de quienes somos.
Sino de disponer, por fin, del tiempo suficiente para encontrarnos con nuestros propios patrones.
Y, si tenemos suerte, empezar a soltar alguno.




Amigo me vino este texto como agua de mayo, mismos sentimientos, mismas dificultades, parte del camino, ya lo sabemos bien tu y yo.. y hoy damos la bienvenida a Mercurio retrógado... preparado para seguir con esta aventura que es la vida? Mi mano ahí está como siempre, en la distancia pero acompañándonos y sosteniéndonos SIEMPRE