Con unos 8 años mi hermano y yo comenzamos a ver un programa de fútbol todos los lunes. Sabías que llegaba, aproximadamente, las 8 de la tarde, te sentabas e ibas a ver algo diferente. Eran miradas con lupa y dónde nadie suele poner la cámara para darle valor a conversaciones, risas, broncas, el comportamiento humano en efervescencia. Era El día después.
Si en la niñez me acompañó aquel mítico programa de Canal +, que enseñó que alrededor de un partido de fútbol ocurrían historias tan interesantes como el propio juego, en la adultez, ha cogido el relevo Ted Lasso. Qué manera de crear diversión con valores alrededor del balompié. Mi padre me puso en la pista, mi compañera le dio al play para descubrir este universo maravilloso.
Hablando de contextos atractivos, descubrí en Les converses de l’Escapa a Yaya Bushcraft. A partir de ahí, leí Vivir sin pedir permiso. Es uno de esos libros que apetece tener en la mesilla de noche para volver a él de vez en cuando. Al escucharla y leerla percibí una atención sincera, humanidad, gratitud y una mirada que sabe detenerse en lo cotidiano.
No es que los mayores sepan más, sino que ven cosas que nosotros dejamos de ver. Entre otras razones, porque llevan más camino recorrido. En este terreno, descubrí a Lucía Topolansky siguiendo la senda de Pepe Mujica, su compañero de batallas.
Más en detalle, estas son algunas de las semillas que recogido de ellos:
Luis Fermoso
Crear con una mirada abierta y con alegría a través del deporte. Incluso, brillar resaltando los lados amables del fútbol. Crecí con su voz, detrás de El día después, donde se coronó con la sección mítica de Lo que el ojo no ve, en especial, con el reportaje de la gravesinha y por Informe Robinson, al que acudimos los que amamos el deporte en busca de refugio. Así lo definió su profesor en la facultad Santiago Segurola, en as, hace una semana: “Hombre discreto, elegante y amable, Luis Fermoso servía para los pequeños detalles y para las grandes historias. No estaba hecho para el vacuo frenesí de las redes sociales y sus derivadas televisivas. Amaba el deporte porque no lo entendía como un simple entretenimiento o un foco de pasiones. Consideraba que su función era trascendente, aunque no siempre beneficiosa socialmente. En ese tipo de contradicciones, detectaba los materiales serios, dignos de profundizar en ellos que trasladaba a la pantalla”.
Ted Lasso
Cuidar al otro. A la jefa con galletas echas por él. A sus ayudantes, delegando, reconociendo sus limitaciones, tan rotundas como no saber de fútbol. A la plantilla con discursos comprometidas, profundas y simpáticas. A los medios con anécdotas y reflexiones memorables. A la afición, con juego atractivo y victorias tras muchas curvas. Y todo bigote y sonrisa. Lejos de parecer perfecto, porque uno de los giros de guion que me han conquistado es que muestra a la persona en su conjunto. También sus penas, bloqueos e inseguridades. Tiene una nota de 7,5 en Filmaffinity y para mí está en el sobresaliente. Puede que también para Alejandro Alemán, que escribe esto para El Universal: “Se favorece con el tino de llegar justo en el momento en que más lo necesitábamos. Comedia ligera, divertida, con personajes incluso entrañables, pero que sobre todo destaca por ser una serie feel good que no insulta la inteligencia. Una pequeña dosis de optimismo”.
Yaya Bushcraft
Vivir a tu manera sin frenos. Esa es la sensación que me deja desde que la descubrí. Hay una frase de su libro Vivir sin pedir permiso que me acompaña especialmente: “Estamos tan acostumbrados a lo rápido y fácil que, cuando algo requiere paciencia y precisión, se nos cruzan los cables y tiramos la toalla”. Muchos, que queremos emprender, potenciar la valentía, perder el miedo a fallar, podríamos colgarla en la pared para verla a diario. Hablamos de una señora que se planteó hacer cabañas de madera estilo Bushcraft con casi 70 años y seguí con este oficio, años después, viviendo en una de ellas en un bosque perdido en una montaña barcelonesa. Cómo va mejorando, incentivando su aprendizaje. Es muy revelador que viera durante horas vídeos de cómo construirla, incluso, llegaba a detenerse en cada fotograma. Pero también saca tiempo para cuestionarse: “Entendí que mi mujer sabia estaba queriendo hacerme llegar el siguiente mensaje: ¿desde dónde estás actuando? ¿qué patrón está configurando tus actos, tus idas y venidas, tus neuras?”.
Lucía Topolansky
A Lucía es a la que menos conozco. La descubrí investigando sobre Pepe Mújica, su compañero. He leído algo sobre ella, y la descubrí en una interesante entrevista. Haber vivido con compromiso social para subrayar que faltan abuelos que orienten a los más jóvenes. Cuestionar la utilidad de la información rápida. Cómo antes el conocimiento estaba ligado a la paciencia y hoy a la inmediatez. Ahí hay una tensión en la actualidad. Manuel Jabóis escribía hace unos días con Los suspendidos, reaccionando las último Informe Pisa: “La dinámica de una sociedad dirigida por tecnológicas que compiten por evitar que estés demasiado tiempo haciendo una sola cosa. Quizá la escuela podría convertirse en el lugar donde no funciona el resto del mundo. Un sitio donde aún haya silencio, concentración y cosas que no se pueden scrollear“. A lo que Lucía propone: “Yo creo que cada persona responde a su tiempo y a su circunstancia. Este es un siglo muy rápido. Hasta en la velocidad de hablar hablan rapidísimo. Tenemos que conectar con los jóvenes, pero no para imponer, sino para intercambiar. La democracia empieza por la oreja. Este tiempo tiene poca escucha. Es más fácil escribir un tweet y largarlo todo al otro que sentarse cinco minutos a tomar un mate en común”. Quizá sea una vía para acercarnos a ellos.
Mirar mejor. Cuidar más. Seguir aprendiendo. Escuchar antes de hablar.
Cuatro semillas distintas para una misma tarea: no dejar de ver lo que la velocidad nos va pasando por alto.



