Nunca he publicado nada de Elena en redes sociales. No por esconder nada, sino por discreción. Ahora bien, acaba de cumplir 40 años. Llevamos juntos más de un tercio de la vida y me apetece agradecer públicamente algo que a menudo pasa desapercibido: todo lo bueno que ha traído su compañía.
Siempre le estaré agradecido a mi hermana Ana por acercar a Elena a mi vida. Ellas compartieron amistad, viajes y etapas importantes mucho antes de que nosotros empezáramos a caminar juntos. De alguna manera, Ana forma parte de esta historia desde el principio.
En agosto de 2004 hicieron un Interrail con varias amigas y acabaron pasando por Granada, donde yo estaba haciendo prácticas en un periódico. Allí surgió una chispa que parecía destinada a apagarse, porque pasamos ocho años sin apenas cruzarnos.
Hasta que la última noche de aquel verano, el 31 de agosto de 2013, nos volvimos a encontrar. Nos besamos de madrugada, ya entrados en septiembre, rodeados de gente querida. Y la vida hizo el resto.
No ha sido un camino perfecto. Tampoco lo esperábamos. Los dos llegamos a la relación con heridas, inseguridades y aprendizajes pendientes. Hubo momentos de crisis, desencuentros y dudas. Con el tiempo hemos aprendido algo sencillo y difícil a la vez: acompañarse no es completarse. Amar no consiste en exigir que el otro cure nuestras carencias, sino en crear un espacio donde ambos puedan crecer.
De Elena he aprendido la importancia de la amabilidad cotidiana. De recibir sin juzgar. De dar sin hacer ruido. De sostener sin imponer.
No es solo una percepción mía. Karina, amiga de toda la vida, la define así:
“Ella es amiga del alma. Su empatía hace que me sienta libre a su lado”.
Y Tamara recuerda algo que dice mucho de quién ha sido Elena para quienes la rodean:
“Cuando mis padres se separaron, en una etapa tan importante como los 16 años, ella siempre estuvo ahí. Con más o menos tiempo, pero siempre”.
Creo que ambas describen bien una de sus mayores virtudes: la capacidad de permanecer.
Hace poco leí una reflexión de Sergio Peris-Mencheta sobre el refugio compartido. Me recordó mucho a nosotros. Con los años he comprendido que mi hogar no es tanto un lugar como una presencia. Allí donde está Elena, hay una sensación de calma, confianza y proyecto común.
Por eso, cuando hace tres años decidimos bajar el ritmo para cuidar nuestra salud y convertirnos en padres, lo vivimos como un privilegio. Durante este tiempo hemos podido dedicar atención, presencia y energía a construir nuestro núcleo familiar.
Nuestro hijo Nico está creciendo rodeado de tiempo, cuidado y cariño. Poder ofrecerle eso está siendo uno de los mayores regalos de esta etapa.
Nada de esto habría sido posible sin nuestras familias. Mercedes y Emi, junto a José Luis y Paco, han estado ahí desde el principio. Acompañando, ayudando y sosteniendo cuando hacía falta. Muchas veces de formas que no se ven.
Y también sin mi hermano David, que ha compartido camino con Elena desde la adolescencia. Desde viajes por las Highlands hasta conversaciones en momentos difíciles, ha sido una de esas presencias discretas que ayudan a sostener los vínculos importantes.
Ahora comenzamos una nueva etapa. Poco a poco volvemos a abrirnos al mundo, intentando conservar aquello que hemos descubierto por el camino: que la salud importa, que el tiempo compartido importa y que la familia necesita presencia antes que perfección.
Si miro estos últimos años, más allá de los acontecimientos, los viajes o los proyectos, lo que encuentro es gratitud.
Gratitud por la mujer que camina a mi lado.
Por su capacidad para recibir con amabilidad y dar con generosidad.
Por el coraje con el que ha aprendido a sostenerse a sí misma.
Por ser refugio cuando la vida aprieta.
Y por seguir construyendo juntos, paso a paso, este proyecto común.
Felices 40, Elena.




Qué bonito, Pablo!! Me encanta encontrarte por aquí. Un abrazo