Hoy es otro Clásico más. Mientras casi todo el mundo mira hacia el Barça-Madrid de esta noche, un Madrid-Sevilla me ha dejado algunas preguntas que van más allá de una jugada. Porque el fútbol es un deporte muy particular. Puede hacerte disfrutar como un niño y, unas horas después, tenerte dándole vueltas a una decisión arbitral.
No voy a fingir que miro estas cosas desde un palco de la neutralidad. Tengo mis gustos y mis sesgos. Como sevillista de corazón, que la acción de Güler sobre Peque no acabara en una revisión del famoso VAR me sentó como un codazo. Vi media hora y me dejó marcado.
A partir de ahí, entré en el juego. Comenté la jugada en varios grupos de WhatsApp, leí y escuché distintas opiniones. Y me quedé intranquilo. Una sensación de injusticia me acompañó.
No es nuevo que cada aficionado mire desde los colores de su equipo. Pero, ¿podemos levantar la mirada y tratar de ver el conjunto?
Hablé del partido con mi hermano David. Él me recordó algo que los árbitros son personas y se equivocan. Que una decisión nos perjudique no significa necesariamente que exista una conspiración detrás.
Tiene razón. Pero eso tampoco significa que debamos dejar de preguntarnos si las decisiones se toman en las mejores condiciones, si los criterios son claros o si todos los equipos cuentan con las mismas garantías.
Mi hermano y yo estuvimos un buen rato arreglando el VAR, los medios de comunicación y hasta la Liga. No resolvimos nada, pero al menos pudimos compartir nuestras diferencias. También, las coincidencias.
Y ahí apareció una pregunta que iba más allá del arbitraje: ¿cuánto tiempo y energía quiero dedicar a algo que no puedo cambiar y que, además, me desequilibra?
Amo el fútbol. Sin embargo, sin darme cuenta, te calientas por un lance y el partido deja de ser un rato de disfrute para convertirse en indignación.
¿Por qué nos ocurre?
Quizá porque el fútbol no es solo fútbol. También es pertenencia, identidad, memoria, rivalidad. A veces, una derrota se parece demasiado a una derrota propia.
A eso se suma todo, las tertulias, los titulares, las opiniones que confirman lo que ya pensábamos y las que nos enfadan todavía más.
¿Busco comprender lo que ha ocurrido o encontrar más razones para confirmar que tengo razón?
Con el VAR, por ejemplo, no basta con que nos digan que hay tecnología. Necesitamos entender cómo se utiliza y qué garantías ofrece. En la jugada de Güler y Peque, una de las cuestiones que se plantearon fue la falta de imágenes suficientemente claras para valorar el contacto y su intensidad. Si no podemos ver lo que ha ocurrido, ¿cómo podemos confiar en la explicación que recibimos?
Después está la sensación de que no todos los clubes tienen el mismo peso, la misma capacidad de influencia o la misma atención mediática.
Quizá esa sea la bola negra del fútbol. Todo aquello que va creciendo alrededor del juego y que acaba tapándolo. Los intereses, el ruido, las sospechas y las emociones que nos impiden ver con claridad. Una bola que a veces hacemos crecer nosotros mismos.
Pero no quiero quedarme ahí. ¿Qué hacemos con nuestras diferencias?
Hace poco, un conocido me soltó en la celebración los 40 de Elena, mi compañera:
— “El equipo que peor me cae es el Sevilla”.
La primera sensación fue de insulto. Luego, lo entendí.
Todavía no sabía que yo era sevillista. Cuando se lo confesé, me explicó sus motivos. Era del Madrid y le parecía mal el trato que había recibido Sergio Ramos cada vez que visitaba el Sánchez-Pizjuán.
Pude comprender su punto de vista, aunque tengo sentimientos encontrados. Da para otro post. La historia del hijo pródigo. Apuntaba a figura de la cantera, acabó convertido en leyenda del Madrid y, cada vez que regresaba al equipo de su infancia, acababa él metido en algún lío. Entiendo que haya críticas, sin llegar al insulto. Dicho lo cual, pelillos a la mar.
Nos suele costar aceptar que alguien se equivoque, sobre todo, cuando sentimos que nos perjudica.
Hace poco pensaba en cómo aprenden los niños. Se equivocan, prueban otra vez y, si tienen un entorno que les acompaña, van descubriendo cómo hacerlo mejor. Sin embargo, de adultos parece que nos cuesta aceptar el error, tanto el propio como el ajeno.
Un delantero falla un gol y lo ponemos a caer de un burro. Un árbitro se equivoca y ponemos en duda su intención. ¿Podemos exigir responsabilidad sin convertir cada error en una condena?
No todos los errores son iguales, ni todas las decisiones tienen las mismas consecuencias.
Como el fútbol se vuelve muy serio por momento, estoy descubriendo que el humor como medicina para bajar la pelota al verde. Leer cómo se toma esto Pepe Colubi: “El fútbol me abandonó cuando se fue Quini del Sporting. Perder es cuestión de método, que decía alguien“.
O, Lluís Inarejos lo describe como un “absurdo”. Un pasatiempo que “nos tomamos como algo personal”, y además “invade lo primordial“.
Me reconozco un poco en esa contradicción.
A veces basta con mirar la escena desde otro ángulo. Güler pudo haber sido expulsado en una jugada polémica y, pocos minutos después, marcó un golazo. Aquello que nos indignaba quedó mezclado con una jugada extraordinaria. Días después, Marca le dedicó una portada. Y pensar que el Sevilla lo quiso antes…
¿Es necesario que para gozar de una triangulación tengan que protagonizarla los nuestros?
Valdano dijo que el fútbol es la cosa más importante de las menos importantes. Y, sin embargo, a veces lo vivimos como si fuera la más importante de todas. Nos roba horas de sueño, nos cambia el humor...
Hay una frase de Nikos Kazantzakis, rescatada gracias a leérsela a David Ruiz, que me hace pensar en ello:
“No temo nada. No espero nada. Soy libre”.
Qué mejor actitud que esta delante de un duelo de alto voltaje.
Gabriel García Márquez escribió en El coronel no tiene quien le escriba: “El que espera lo mucho espera lo poco”.
Saber perder y saber ganar.
Porque el fútbol también puede ser una excusa para encontrarse. Para romper el hielo con alguien a quien acabas de conocer. Así he conocido a mis mejores amigos. Para compartir una alegría o reírse de una desgracia. Incluso para descubrir que alguien que lleva otros colores puede ver algo que tú no habías visto.
Y qué gusto cuando sucede. Cuando te encuentras con alguien que no necesita que gane su equipo para conversar, que puede reconocer una buena jugada del contrario y reírse de sí mismo. Alguien con quien discrepar sin que la conversación se convierta en una batalla. ¿Dónde estás? Que quiero conocerte.
El fútbol es como esta calle por la que suelo pasar a menudo. Una calle muy particular. Todo se comenta, todo se vive con intensidad y cada cual parece tener su propia versión de lo que sucede.
Sigo siendo muy sevillista. De casta me viene. De coraje estoy hecho. De seguir la actualidad a través de firmas afinadas. De sonrisa cuando hay alegría y pellizco cuando no. Vamos, que seguiré enfadándome por acciones del juego y celebrando las victorias como pueda. Sin pasarme, que luego me duele la cabeza. Y las derrotas, ya ni os cuento.
Eso sí, que los colores no me impidan ver más allá.
La calle seguirá siendo muy particular. Y yo, poco a poco, intentaré vivir en ella con algo más de libertad y mesura.
Tesquiyá.



