Nadie daba un duro
Ni por este pequeño limón, ni por los chimpancés de Jane Goodall, ni por Jamie Vardy
El pequeño limón de la imagen apareció dos años después de trasplantar el limonero. Durante ese tiempo no hubo frutos. Solo raíces creciendo bajo tierra, invisibles. Vivimos obsesionados con los resultados inmediatos, pero tanto los árboles como las personas suelen crecer primero por dentro.
Por eso, al verlo, pensé en la historia alucinante de Jamie Vardy.
No vemos un gran limonero cargado de frutos. No vemos abundancia. No vemos éxito. Vemos un limón pequeño, recién nacido, casi insignificante, rodeado de hojas húmedas después de la lluvia. La esperanza no suele parecerse a una cosecha. Se parece más a esto: algo que apenas empieza y que aún no ofrece ninguna garantía.
Durante años, Jamie Vardy fue el equivalente futbolístico de este pequeño limón. Jugaba en categorías inferiores. Trabajaba en una fábrica. Su vida era caótica. Nada hacía pensar que acabaría convirtiéndose en una de las historias más improbables del fútbol moderno.
La lógica decía una cosa. La realidad terminó diciendo otra.
Con el Leicester ganó la Premier League de 2016 contra todo pronóstico. Después llegaron la FA Cup, la Community Shield, la Bota de Oro, el récord de partidos consecutivos marcando y la selección inglesa.
Pero quizá lo más admirable no fueron los títulos. Fue la coherencia.
Nacido en un entorno humilde de Sheffield, creció lejos de los focos y llevó a la cima a un club humilde que tampoco parecía destinado a la gloria. Cuando años después apareció un padre biológico ausente buscando protagonismo mediático y/o dinero, eligió centrarse en su familia y en aquello que sí nutría su vida.
Mientras otros perseguían ruido, él siguió haciendo lo mismo que había hecho siempre: trabajar, correr, desmarcarse y rematar. Como las raíces de un árbol. Lo importante ya estaba sucediendo mucho antes de que pudiera verse.
¿Qué posibilidades había de una transformación así?
Jane Goodall, que se despidió de la vida mediática con un colosal Últimas palabras célebres, solía recordar que la esperanza no surge de cerrar los ojos ante los problemas, sino de reconocer que la vida contiene una extraordinaria capacidad de regeneración. La legendaria primatóloga empezó a estudiar a los chimpancés y muchos expertos consideraban imposible gran parte de lo que acabaría demostrando. A los 4 años ya empezó a dar muestras de una afinada vinculación con la natualeza cuando se escapó durante 4 horas para ver de cerca cómo ponían huevos las gallinas en la granja donde vivía con su familia en Bournemouth.
Hay muchos casos reveladores en El libro de la esperanza. Uno de ellos es que cuando la resiliente etóloga está dando una charla en un barrio humilde de Nueva York, se le acercó un niño llamado Travis para decirle que había detectado un chimpancé disfrazado en una caja de cereales, que se suponía que estaba sonriendo pero él vio miedo y escribió a la compañía. Le respondieron con un “gracias por la observación” y lo retiraron porque les habían llegado más advertencias. Lo curioso del caso es que el chaval no participaba en clase, se ponía al final y se solía tapar con la capucha. No mostraba interés.
Nadie daba un duro por él. Ni por este pequeño limón. Ni por los chimpancés, ni Raíces y Brotes de Jane Goodall. Ni por Jamie Vardy. Y, sin embargo, aquí están.
Quizá eso es exactamente lo que necesitamos recordar cuando hablamos de humanidad y cambio climático.
Porque el relato dominante suele estar lleno de diagnósticos alarmantes y pronósticos oscuros. Muchos son ciertos. Pero la naturaleza lleva millones de años recordándonos algo que olvidamos con facilidad: que la vida trabaja a largo plazo.
Una semilla no parece un bosque. Un brote no parece un huerto. Un limón recién cuajado no parece una cosecha. Sin embargo, ahí empieza todo.
La esperanza no consiste en ignorar los problemas, sino en reconocer que los procesos de transformación suelen ser invisibles cuando están naciendo.
Quizá por eso esta imagen resulta tan sugerente: no retrata el éxito, representa su posibilidad. Y toda oportunidad importante de la historia (un ecosistema que se recupera, una comunidad que coopera, una persona que rehace su vida o un futbolista al que nadie daba un duro) comenzó siendo algo pequeño que casi nadie supo valorar a tiempo.
Como este limón. Todavía no es fruto. Pero ya contiene el futuro.
Goodall escribió en El libro de la Esperanza:
«Si tan solo los medios de comunicación concedieran más espacio a las noticias esperanzadoras y alentadoras que encontramos por doquier…». En esa labor está liderando un proyecto interesante Óscar Estivill con La Voz Positiva.
Tal vez la esperanza consista precisamente en eso. Aprender a reconocer los pequeños brotes antes de que se conviertan en bosque. Creer que es posible. Rodearse de energía nutritiva. Y dar nuestra mejor versión hasta florecer, cada uno a su manera, como Jane Goodall, Jamie Vardy, Óscar Estivill o este pequeño limón.



