A mediados de octubre, alguien cercano se distanció de mí tras un pequeño conflicto. No era algo nuevo. Tensión, reacción, culpa, incertidumbre… esa había sido la dinámica durante tiempo. No lo nombro para señalar, sino para poder verlo mejor.
Durante años, ante el silencio, yo esperaba. Como quien pide perdón sin tener del todo claro por qué. Esta vez fue distinto. Al acercarse mi 44 cumpleaños, algo empezó a moverse de otra forma: una pausa real.
Sin estrategia. Sin rebeldía. Solo pausa.
Empecé, casi sin darme cuenta, a seguir mi propio ritmo. No como reacción, sino como necesidad silenciosa. Los domingos empezaron a cambiar de forma. No por falta de amor, sino porque el modo en que estaba sosteniendo algunas cosas me desgastaba. Los roles. Las inercias. Ciertas cargas emocionales que asumía casi sin pensarlo.
Y el cuerpo empezó a hablar más claro.
Cuatro meses después, veo algo sencillo: cuando el automático se detiene, todo cambia de dimensión.
Ahora intento hacer lo que fluye, no lo que fuerza. Con quien sea. En lo que sea. A veces es fácil. A veces no.
He visto que hay vínculos que pueden esperar. Otros no. Y no siempre es evidente cuál es cuál.
He ido dejando de responder desde la reacción inmediata. No hago planes cuando no hay presencia. No me fuerzo en direcciones que no se sienten vivas.
No necesito mucho más que esto: meditar un rato, un café americano al amanecer, lecturas que me ordenan por dentro, mover el cuerpo, caminar junto al mar, conversar sin prisa cuando hay espacio real, descansar, y apostar por lo que me hace bien con algo de humor.
La pausa me ha ido devolviendo a algo que ya intuía, pero que quedaba tapado por la inercia. No deberme tanto. No sostener un papel fijo. Servir sin desaparecer.
“Entendernos mejor”, dice Beatriz Crespo, doctora en Medicina y especialista en microhábitos. Y quizá eso sea esto.
Como hacía Banega antes de recibir el balón: un segundo de quietud para ver el espacio que aparece.
Ayer, mi amiga Laura me mandó un mensaje: “No siempre se crece hacia arriba. Muchas veces, se crece hacia dentro.”
Y algo de eso hay.
Siento que esta pausa no me ha alejado de la vida. Más bien ha cambiado la forma en que entro en ella.
Y desde ahí, lo que vuelva… volverá solo.



