¿Quién era el enemigo?
A veces, lo más difícil es no reconocer cuándo ha llegado el momento de irse
Gila tenía la costumbre de soltar una ocurrencia cuando una comida familiar empezaba a tensarse. Era su manera de atravesar una vida marcada por la ausencia de su padre, la pobreza, la guerra, la cárcel y casi veinte años de autoexilio en Argentina. “Yo en las finales siempre voy con el árbitro”, podría haber dicho sobre este Mundial.
El domingo descubrí que localizar al enemigo no siempre es tan fácil. Todo empezó unas horas antes de la final. Elena me propuso ir a verla con un grupo de amigos junto a casa de sus padres. Catorce adultos, unos cuantos niños y una parrillada para acompañar el partido.
Yo venía de pasar unos días en Valladolid. Había viajado para estar con mi familia y, sobre todo, con mi abuela Esther, que se acerca a los 108 años. Impacta verla tan frágil. También conmueve comprobar que sigue habitando el mundo de una manera difícil de explicar. Sabe cómo está y, aun así, sigue queriendo conectar.
Aquellos días tuvieron otro ritmo. Paseos al amanecer por el Campo Grande. Mañanas de trabajo. Tardes de conversaciones en familia. Misión cumplida. Retorno a base.
A Elena le hacía ilusión vivir la final rodeada de gente. En 2010 le había pillado en Barcelona y quería revivir aquella noche. Además, el plan estaba muy bien pensado. El anfitrión había preparado todo con cariño: nos citó dos horas antes para cenar, sacó la televisión al jardín, los niños podían jugar sin peligro mientras otro amigo cuidaba la parrilla y Elena llevó una tortilla de patatas que desapareció en pocos minutos.
La tarde empezó ligera. Los niños corrían de un lado para otro. Mi hijo me convirtió en lobo dentro de una casita de juguete. Después apareció un conocido que se unió al juego. Soplaba la casita, hacía voces, exageraba los gestos. Nico estaba fascinado.
Pensé que aquella era la mejor parte de la noche.
Cuando cayó el sol, los niños fueron desapareciendo. En cambio, las camisetas de fútbol empezaron a ocupar el centro de la escena. Con el pitido inicial cambió el aire. Yo quería fijarme en el partido. En cómo Unai Simón jugaba casi de líbero. En la serenidad de Rodri. En la inteligencia de Dani Olmo. En el descaro de Cubarsí. Todo eso lo leí al día siguiente.
Aquella noche apenas vi el fútbol. Mi hijo seguía teniendo más energía que los veintidós jugadores juntos. Y, durante unos minutos, como casi todos, también entré en otro partido. En señalar las interrupciones de Argentina, las pérdidas de tiempo, esos pequeños detalles con los que un equipo intenta sacar al rival de su sitio. Ellos hacían exactamente lo que creían que debían hacer para acercarse a la victoria. Nosotros, por momentos, aceptamos jugar a eso.
Ese no iba a ser mi verdadero encuentro.
El conocido que había jugado con Nico decidió que la mejor forma de relacionarse conmigo era bromear, una y otra vez, con que soy del Sevilla. Una vez tiene gracia. Dos, según. A los 120 minutos, pesa. En un momento me acerqué y lo abracé.
Se quedó quieto.
— “Yo te quiero, ¿sabes?”, soltó.
Duró poco.
Probablemente él entendía que aquella era una forma de hacer grupo a través de las bromas. Yo necesitaba otra cosa.
Más tarde, ya sin niños alrededor y cuando el alcohol ya ocupaba buena parte de la conversación, me señaló delante de otros dos:
— “Mira, tenemos aquí a uno de Mauthausen”.
Risillas.
Alguien añadió que estaba muy delgado.
Contesté casi sin pensar:
— “Con los gordos nadie se atreve, ¿eh?”.
— “¿Para qué entro en el juego?”, pensé.
Y la conversación siguió normal. Sin más. La tele mandaba.
Poco después, en un gol bien anulado, otra persona lanzó una silla de madera de pura rabia. Me golpeó la espinilla. Maldijo la decisión arbitral. Siguió mirando la pantalla. Todavía tengo la marca.
Con el paso de los días, dejó de importarme el resultado. La cuestión era otra: ¿qué hacía yo allí?
No me arrepiento de haber ido. Tocaba aprender. Aquella reunión fue exactamente lo que tenía que ser. Personas viviendo el fútbol como les nacía. El anfitrión fue generoso. Elena disfrutó. Mi hijo se lo pasó bien. Cada uno mira el mundo desde el lugar en el que está.
No era la primera vez que un contexto me arrastraba. Hace diez años, en una final de Copa en el Calderón entre el Barça y el Sevilla, unos aficionados empezaron a desconsiderar a los sevillistas. Sin darme cuenta, me sentí interpelado y entré en ese juego. Mi hermano me sujetó del brazo y me devolvió al sitio antes de que fuera a más. Aquella noche entendí lo fácil que es perder la cabeza cuando uno se deja llevar por el ambiente.
También hubo un tiempo en el que disfrutaba viviendo el fútbol así: la tensión, los gritos, los ánimos, la euforia en la victoria, el vacío en la derrota. Así viví la final del Mundial de 2010.
En cambio, hace una semana pasé buena parte de la noche intentando que aquel lugar se pareciera al sitio donde hoy habría disfrutado de verdad: pocas personas, conversación tranquila, atención al juego y espacio para el silencio entre una jugada y otra.
Quizá crecer consista en aceptar lo que hay y escuchar cuándo ha llegado el momento de irse. Entonces dejé de preguntarme quién era el enemigo y empecé a preguntarme si yo estaba donde necesitaba estar.
Porque el enemigo no era Argentina. Ni siquiera Paredes. Con ese apellido, ¿cómo iba a serlo? Tampoco aquel conocido. Ni siquiera yo.
El enemigo aparecía cuando dejaba de escuchar esa voz tranquila que ya sabía que había llegado el momento de irse. No siempre hace falta responder. Ni convencer. Ni quedarse hasta el final. Hay una elegancia enorme en retirarse a tiempo.
Con el pitido final, Lamine se arrodilló sobre el césped para rezar. Mientras unos celebraban y otros discutían, él eligió volver a su centro. Gila lo hacía con una ocurrencia. Lamine, con unos segundos de silencio. Cada uno encuentra su manera de no entrar en la guerra. Yo estoy aprendiendo a reconocer la mía.



