¿Quién termina enseñando a quién?
Un pequeño Buda me acompaña en el escritorio, mientras el ejemplo de mi hijo me acompaña en la vida
Ha sido una semana de muchas emociones. Tristes, pesadas, alegres y ligeras. De esas que parecen concentrar en unos días un poco de todo lo que es la vida.
Sobre mi escritorio solo hay un objeto. Un pequeño Buda que me regaló mi hermana después de su viaje de un año por el sudeste asiático. Como aquellos dos meses caminando juntos por Vietnam y Camboya me marcaron profundamente, lo tengo ahí, acompañándome. Solo él. Nada más.
Curiosamente, cada semana también escucho algún vídeo del Lama Rinchen. Vive relativamente cerca y quién sabe si algún día nuestros caminos se cruzarán. Hace unas semanas propuse una conversación para Sabiduría cercana. Esta vez no era el momento. La respuesta llegó con una elegancia y una calidez que también dicen mucho de una persona.
La semana empezó con una sensación clara: necesitaba parar.
Le escribí un mensaje largo a mi familia explicándoles que esta vez no iríamos a comer. Había preocupación por el estado de un familiar y lo importante era acompañar. También ayudar a Elena a bajar revoluciones.
El martes tuve el regalo de reencontrarme con Luis, padre de un amigo y vecino desde hace más de treinta años. Hablamos de la vida con una honestidad de esas que te hacen sacar papel y boli. En un momento apareció una frase de Laura que se me quedó dentro:
“La vida es un baile. A veces toca un vals. Otras, una samba”.
Pensé que describía bastante bien la semana.
Entre una cosa y otra, me di cuenta de que hay un cambio que estoy cuidando. Concentrar el trabajo por las mañanas y reservar las tardes para la familia. Sin ordenador. Sin móvil. Sin estar con la cabeza en otro lado.
No porque sea más productivo, sino porque no quiero desconectarme de la vida mientras ocurre. Ni de lo alegre. Ni de lo triste. Creo que ambas cosas necesitan ser vividas para poder amarlas y dejar de tenerles miedo.
También empiezo a sospechar que conservar energía es una forma de cuidar la atención. No hace falta vivir siempre acelerando. A veces basta con llegar entero al momento en que la vida te pide estar. Saber qué toca en cada instante.
El miércoles ocurrió una escena que probablemente recordaré durante mucho tiempo: Estábamos los tres en la cama intentando que Nico se durmiera. Intentándolo nosotros, porque él estaba encantado de seguir jugando.
Reía. Me buscaba para hacer el tonto. Parecía completamente absorbido por el juego. Mientras tanto, Elena, que llevaba semanas sosteniendo mucha tensión, empezó a llorar. De golpe. Como cuando un vaso ya no puede contener una gota más.
Hace un tiempo seguramente habría intentado solucionar su dolor. Buscar palabras. Calmar. Explicar. Esta vez me salió hacer algo más sencillo. Estar. Entonces pasó algo muy sencillo. Nico dejó de jugar. Se giró hacia ella. Le acarició el pelo.
Permaneció en silencio, pegado a su madre. Y cuando Elena soltó un desesperado:
— “No puedo…”.
Él respondió al instante:
— “Sí puedes”.
Dos años y medio.
Parecía ausente. Pero estaba profundamente presente. No es la primera vez que me sorprende. Si jugando hace daño con una patada, enseguida viene a darte un abrazo.
Si soy yo quien se pasa, me mira y me dice:
— “Papá, vete, señalando la dirección de la puerta de salida”.
Y cuando se cae, llora, se recompone y, al poco rato, vuelve a explorar el mundo como si la vida siguiera invitándole a jugar.
No quiero decir que no haya que tomar precauciones ni que siempre actúe con salidas geniales. Es un niño. También, genuino. Pero sí me pregunto en qué momento los adultos empezamos a dar tanta trascendencia a algunos golpes que terminamos dejando de caminar con la ligereza con la que lo hacen los niños.
Curiosamente, cuando Nico era un bebé le llamábamos el pequeño Buda. Por su tranquilidad. También porque tenía una figura que nos lo recordaba. Con el tiempo ha cambiado su cuerpo, pero sigue conservando algo que nos inspira.
Su capacidad para reír a carcajadas cuando toca. Para estar cuando alguien lo necesita. Para pasar del juego a la atención sin esfuerzo. Para volver al juego cuando la vida vuelve a abrir espacio.
Mientras escribo estas líneas miro ese pequeño Buda que sigue sobre mi escritorio. Y no puedo evitar preguntarme si, al final, la inspiración no estaba delante de mí. O correteando por casa.
Porque, a veces, uno pasa mucho tiempo buscando maestros. Y resulta que el primero que me está enseñando a vivir tiene dos años y medio.
¿Y si los hijos llegaran, entre otras cosas, para ayudarnos a crecer?



