Rebelarse ante la aceleración
Moverse despacio y bajar estímulos cuesta lo más grande, pero quizá sea el camino
El caracol se ha convertido en mi guía estos días. Amanece húmedo el parque que hay delante de mi casa y, cuando Robin y yo salimos a pasear sobre las ocho, casi cada mañana encuentro alguno avanzando lentamente entre la hierba y la tierra. La estampa es cinematográfica: iluminado por los primeros rayos de sol que atraviesan los árboles. Hay algo resistente en su manera de avanzar. Como si no participaran del ritmo frenético de la ciudad.
Curiosamente, Dani Parejo acaba de anunciar su adiós al Villarreal. Siempre me fascinó su manera de ordenar el juego. El Pirlo español, un centrocampista que organiza el partido desde la intuición, el manejo pausado del balón y el pase exacto al jugador indicado. Parte de la crítica vio en su trote una limitación; otros disfrutábamos viendo cómo alguien podía dominar un partido sin parecer acelerado nunca. Como un director de orquesta que no necesita correr para sostener la armonía. “No es lento, es el que más rápido ve el fútbol y hace mover la pelota”, aclaraba Senna.
Cada uno se mueve en su hábitat como sabe. Yo estoy aprendiendo a escuchar mi naturaleza y a moverme despacio. Pero cuesta una barbaridad.
Llegar tarde. Que se alargue una conversación. Olvidarte la cartera y volver. El tráfico. Recoger a tu hijo. Sacar al perro. Cenar más tarde de lo habitual. Y cuando menos te lo esperas, te has metido en la cama con toda esa inercia acelerada todavía dentro del cuerpo. ¿Cómo vas a descansar así?
Estoy aprendiendo que bajar estímulos cambia el día entero. No juntar dos conversaciones profundas en una mañana. No quedarme atrapado en emociones ajenas hasta romperme. Salir a caminar. Darme un baño. Dejar huecos entre actividades. El orden interior vuelve con las pausas. El foco nace del silencio.
Y el cuerpo ahí es el maestro. Solo hay que escucharlo.
Mi naturaleza siempre ha sido lenta, pero durante años la vi como un problema. En una sociedad que siempre exige una marcha más, moverse despacio parece casi un defecto. Me acostumbré a vivir pendiente de la rapidez: contestar enseguida un email, terminar un proyecto en tiempo récord, caminar deprisa sin saber muy bien hacia dónde. Era un síntoma bastante claro de que no vivía para mí, sino para las expectativas de los demás.
Vivir sin pedir permiso, de Yaya Bushcraft, cuenta algo que me hizo gracia. Dice que, como tiende a la hiperactividad, a veces se coloca detrás de un camión en la carretera para obligarse a reducir la velocidad. Entonces llegan los cláxones, la impaciencia de los demás, la presión por correr más. Y ella, simplemente, los manda a paseo.
Hace unos días, María Adánez se preguntaba en el podcast La cena de los idiotés: “¿Qué pasa en esta época? Ya nada sirve, todos nos lo comemos en cinco minutos”. En realidad no hablaban solo de pantallas, sino de tiempo. De la dificultad creciente para esperar, aburrirse o sostener una conversación sin buscar enseguida el siguiente estímulo. Manuel Jabois recordaba cómo jugaba solo durante horas cuando era niño. Fermín de la Calle hablaba de la paciencia aprendida en el mar surfeando con sus hijos. Mientras que el mayor iba a por todas las olas sin esperar, el pequeño sabía elegir: “La buena es la tercera”, le repetía su padre. No lanzarse impulsivamente a cada estímulo que aparece, sino aprender a esperar el momento justo.
Quizá vivir más lento ya no sea nostalgia. Quizá empiece a ser resistencia.
Hay días en los que avanzar despacio ya parece una forma de rebeldía.




Moverse despacio, para mi de los mayores tesoros que puede disponer hoy en dia una persona, a mi me sorprende mucho (trabajo actualmente en un centro médico) como la mayoría de veces las personas que más se quejan de las esperas, las colas, el tiempo que tarda el médico en llamarlos a consulta son las personas mayores, las que seguramente tienen todo el dia por delante, pero que han llegado a la jubilación con esa automatización de la prisa, de ser productivos, de que cualquier momento no "productivo" es tiempo perdido... hacia ahi caminamos mi familia y yo en estos momentos, hacia un futuro laboral y de vida que nos permita movernos despacio, caminar lento, menos estrés más disfrute, estar presentes, agradecer cada día (vida) que nos regale el gran espíritu... gracias Pablo por estos textos enriquecedores, llenos de sabiduría y aprendizaje.