Durante mucho tiempo confundí relacionarme con sostener a los demás. Hasta que empecé a probar otra forma: estar presente sin cargar con lo que no es mío. Esto suele darse más en la intimidad que en los grupos. Cada vez digo menos, pero siento más espacio interno. El crecimiento no ha sido tanto entender al otro, como dejar de sostener lo que no me corresponde.
Mi amplitud de mirada me está llevando a observar un patrón que aparece en mí: sostener a los demás (forzarme a entender, explicar para conectar, intentar salvar, equilibrar ritmos ajenos). Todo eso me desgasta. Ahora, pongo más atención en acompañar, respetar tiempos, intervenir menos. Sin juicio, escuchar, entrar cuando es necesario, salir sin arrastrar nada.
No es dejar de hacer planes. Es aprender a habitar la posibilidad de no ser entendido, de que el otro tenga su propia versión, de que haya distancia. Porque, ¿quién sabe lo que puede ocurrir entre dos? Nada queda fijo. La tranquilidad no aparece porque todo encaje, sino cuando trato de ser coherente con lo que pienso, siento y hago en cada momento. Y aun así, no todo depende de mí.
El resultado no se controla. Traigo dos escenas recientes para verlo: no responder a alguien cercano por WhatsApp para no entrar en dinámicas que no me hacen bien; decir que no a una cena porque a esa hora no hay energía disponible; incluso dejar en el aire una comida a dos meses vista sin entrar en presión. Y ver cómo todo eso se mueve solo.
“Quién domina su vibración, domina su percepción, y quién domina su percepción domina su realidad”. Enric Corbera.
En lo cotidiano, no va de controlar nada, sino de notar cuándo algo me saca del centro. No responder desde la reacción. No ocuparme de la imagen que el otro construye. No sostener lo que no está vivo en ese momento. A veces parece sencillo escrito, menos cuando ocurre.
No hay relaciones difíciles o fáciles. Hay momentos en los que me coloco de una forma u otra. Amar sin fijar. Sin retener la forma. La realidad cambia de lugar cuando dejo de tensarla.
De hecho, las relaciones más fluidas, cuando aparecen, se sienten así: no se fuerzan, no se persiguen. Se cuidan con presencia. Se sostienen con honestidad. Se abren sin invadir. Son espacios donde uno puede estar sin tener que explicarse ni defenderse. Y donde el vínculo crece sin presión.
Y aun así, a veces algo en mí confunde amar con retener.
¿Cuál es el colmo de un jardinero? Que sus hijos no se vayan nunca, porque están enraizados.



