Para Carl Gustav Jung, la vida se abre en dos partes: en la primera, hasta los 40, construimos una persona (identidad de logros, rol y pertenencia), ajustados al ritmo de fuera. A partir de ahí, ese compás deja de sostener y algo dentro pide mirarse de frente. Comienza la individuación (caen proyecciones, se integra la sombra, emerge lo esencial y el sentido emerge). Menos personaje, más verdad; menos hacer, más estar.
Hace 6 meses empecé a vivir mi segunda etapa, al cumplir 44 años. Antes no es que no disfrutara; no sentía la dirección que tengo ahora. No aceptaba la vida como es, ni la forma de ser de las personas porque rivalizaba, evitaba o salvaba. Tenía miedo a vivir, a mostrarme. Ante los obstáculos cotidianos me bloqueaba; hoy los veo como trampolines para crecer. Y esto también empieza a reflejarse en cómo me relaciono con los demás.
El ciervo no fuerza su presencia en el bosque. Escucha, se mueve solo cuando hay vía libre, y se retira sin ruido cuando algo no es seguro. Su presencia no impone, ordena en silencio. En mi vida, el ritmo es más lento de lo que antes permitía. Menos estímulo, más espacio. Menos explicación, más presencia. Hablar para acompañar, no para empujar.
Camino, paro, observo. Aprendo a reconocer cuándo avanzar, cuándo detenerme y cuándo salir del ruido. La naturaleza me regula con un paseo por el campo y el mar. Así algo se ordena. Vuelvo al centro y veo que no necesito demostrar ni sostener. El camino se revela al andar, decía Antonio Machado. Y, a veces, la curva es la vía más directa, recuerda Luis Rojas Marcos.
Por ahí voy.



