Esta publicación va dedicada a Robin, el maestro canino que guía nuestras vidas desde 2019. Lo adoptamos con año y medio y el 1 de agosto hizo nueve. Ya va siendo hora de dejar constancia de nuestro agradecimiento hacia él, por la compañía y los aprendizajes que estamos obteniendo a su lado. Aquí va su historia hasta la fecha, a modo de cronología y experiencias.
Quién era
Robin nació en un pueblo de Córdoba y, al poco, un cazador que ejercía en Carmona, Sevilla, lo compró junto a sus hermanos. Tenemos poca información del año y medio de vida que pasó con él. Pero hay tres datos reveladores: vimos un vídeo en el que estaba pasado de peso, lo tenía atado porque podía no servirle para encontrar jabalíes y le llamaba Segundo.
Cómo llegó
Elena, que era voluntaria en una protectora de perros, tenía la ilusión de que adoptáramos uno y vi captó su atención por Facebook la historia de unos hermanos teckel. Para Sevilla que fuimos. Organizamos un viaje al tener familia allí y, a la vuelta, pasamos a recogerlo. Había la posibilidad de adoptar a su hermano, Primero, al que habían rebautizado como Rufo. O a Robin. No dudamos un segundo.
El choque con nuestra vida
Recordamos frases que nos dijo Paco, el hombre que nos pasó el testigo: “Paciencia, y os lo ganaréis”, y “No comparte la comida”. Robin pasó de estar en el campo a hacerlo en un piso en la ciudad. Al poco empezamos a notar sus miedos. El movimiento de coches le paralizaba. Había demasiado ruido para sus costumbres. Se bloqueaba. No quería salir a la calle.
Educadores caninos
Entonces entendimos que podía ayudarle alguien especializado. Acudimos a una psicóloga, a un entrenador, a otro. Que si más recto, que si más laxo. Nadie daba con la tecla. Hasta que encontramos a Rafa y Rosilla, de LayKán. Se ganaron su confianza a base de pienso, de pensar en él, de paciencia, de desarrollar su olfato con actividades… De adaptarse a su ritmo. Los que nos enseñaron a mirar.
Los alumnos éramos nosotros
Rafa y Rosilla se giraron y nos dijeron: “Ahora, vosotros”. Teníamos que trabajar. Es decir, cambiar la perspectiva. Fuimos conscientes de que debíamos observar más y acompañar mejor: llevarlo con arnés para no hacerle daño, cambiar la correa, montarle cajas y esconderle el pienso para ayudarle a entrenar. Con el tiempo llegaron los resultados.
Aprender a respetar su territorio
¿Y con las interacciones con el resto del mundo qué hacemos? Pues es complicado. Lo ideal sería que nadie se acercara a un perro como si fuera un peluche, una cosa. La realidad es otra. Además, Robin tenía un trauma por su relación con los humanos, sobre todo con los hombres. Y, en concreto, detectamos que le tenía especial tirria a los señores con sombrero y bigote.
Reacciones
Robin siempre ha mandado señales de incomodidad. Cuando alguien se acercaba a tocarle o a su territorio (su casa), encendía las alarmas. Así ha dejado una ristra de marcas en todo tipo de cuerpos. Y todavía sigue ladrando a las mismas personas. Sin embargo, si superas la barrera del temor a su reacción, si tienes interés en leerle y te lo ganas, como hacía Rafa, con cuidado, pienso y paciencia, serás aceptado.
La convivencia real
Nos preparó para la crianza. La de noches que hemos pasado con él encima de la cama porque estaba acongojado, no las sé contar. Solo sé que, como temblaba, intentamos bajarlo. Llegamos a ponerle trincheras con colchones delante de la puerta del dormitorio para que no rascara la puerta. Imposible. Conseguía deslizar la patita. Hasta que no se hizo mayor no se relajó y dejó de saltar.
Aceptar que no todo puede hacerse juntos
Es una de las cosas que más nos ha condicionado. Tanto los fines de semana como los viajes. Al principio intentamos que estuviera presente en las reuniones de amigos. Pero era un estrés. Lo mismo cuando cogemos la carretera para conocer otros lugares. Si son más de una semana fuera y son muchos kilómetros, lo dejamos al cuidado de otros. Le sienta bien. Y así, todos tranquilos.
Descubrir dónde está mejor
La casa donde llevamos tiempo dejándolo cuando viajamos está en el campo, tiene terreno para moverse, está en una zona tranquila y convive con tres perros más. Obviamente, Robin hasta hoy no ha hablado. Lo que sí hace es expresarnos con sus movimientos lo que quiere y lo que no. Pasa al pasear. Pasa al dejarlo en otro hogar. Aquí salta de alegría al llegar.
Nico
Mi hijo tiene casi 2 años y 9 meses. Cuando nació, Robin lo custodiaba para protegerlo. Hasta cuando gateaba. Ya cuando comenzó a andar pasó a ser un competidor. Y cuando se ha acercado a él con comida o juguetes por medio, que él quería, le ha marcado. No le hizo ninguna herida de consideración, pero mandaba un mensaje. Nico lo entendió. Desde entonces tiene más cuidado. Robin, por su parte, sigue ejerciendo de profesor. Dos especies aprendiendo a convivir.
Quién sabe en el futuro…
Si hay algo que me anima a poner más el foco en vivir parte o todo el tiempo en la naturaleza es él. Me gustaría que pasara unos años allí. En el campo aparece otro Robin. Más tranquilo. Más libre. Más él. Ya veremos si puede ser posible. No controlaremos lo que queda.
Robin cumplió nueve años el 1 de agosto. Nosotros llevamos siete aprendiendo con él. No sé cuánto tiempo nos queda. Sí sé que, desde que llegó, nuestra manera de mirar a los perros (y quizá también a las personas) cambió un poco.
Guau, guau, Robin, guau, guau.



