Siempre que llueve medianamente fuerte, la playa de la Albufereta, en Alicante, se parte en dos. El motivo es que el barranco del Juncaret conduce el agua del interior hasta el mar. Por mucha arena y contención que se coloque, termina encontrando el camino.
Esto me recuerda uno de los principios del taoísmo, el río no choca contra la roca, la rodea. Esa metáfora ha sido una de las grandes enseñanzas de este último medio año.
La mente sirve para ordenar, decidir y expresar. Pero el cuerpo, cuando lo escuchas, marca el ritmo y los límites más honestos.
En la práctica: si algo me seduce pero me tensa, cuidado. Si algo no está del todo claro pero me abre, avanzo.
Cuando estoy saturado, no pienso mejor. Descanso o muevo el cuerpo.
Yendo más al fondo:
“El agua atraviesa muchos paisajes, pero no se queda retenida en todos. No todo lo que te atraviesa te transforma. Solo se queda lo que estás dispuesto a integrar”.
—Lama Rinchen Gyaltsen
Conocer, vivir o incluso sufrir algo no garantiza transformación. Lo que transforma es la integración consciente. El sabio no acumula experiencias como trofeos; escucha, decanta, asimila y encarna lo aprendido.
No es lo que vives, sino lo que haces con eso. Ahí se decide todo.
Ser como el agua no es adaptarte a todo, sino saber por dónde sí y por dónde no. No intentar cambiar al otro, sino dejar de traicionarte a ti mismo.
Los conflictos dejan de ser enemigos cuando los entiendes como llamadas a volver a ti. El agua solo nutre cuando encuentra terreno fértil. Tú decides si te vuelves suelo o superficie.
Lo simple no es lo fácil. Fluir requiere soltar, y soltar requiere elegir. Dejé de vivir para otros cuando entendí que agradar no es amar. Es miedo a no ser aceptado. Quizá madurar también tenga que ver con entender que no vinimos a cumplir expectativas ajenas. Enric Corbera señala que los padres no necesitan que les hagas felices, sino que encuentres tu paz.
Por eso, sin tener ni idea de las interioridades de Carlos Alcaraz, me gusta el título y el enfoque de su documental en Netflix, A mi manera. Me hizo pensar que no quiere vivir para cumplir expectativas, sino vivir a su ritmo y desde su mirada. No siempre le resultará cómodo, pero sí auténtico. A día de hoy, es lo que me transmite.
Parece haber entendido que no se trata solo de ganar más, sino de disfrutar cómo se gana.
Llevado a mi cauce, estoy aprendiendo a fluir. A veces con mucha paz y otras mirando el techo a las tres de la mañana. Porque ser agua suena bonito hasta que toca poner límites.



