Durante muchos años, Guillermo Blanco se dedicó a abrir puertas. Eran de madera. Hoy, a sus 70 años, lejos de bajar el ritmo, ha encontrado nuevas formas de implicarse, aprender y mirar el mundo.
Da la impresión de que nunca dejó de abrirlas. Antes eran puertas físicas; ahora abren paso a conversaciones, a formas distintas de pensar, a otras culturas y a encuentros que ensanchan la mirada.
Hablamos de la infancia, de los países que ha habitado, de su filosofía de intercambiar casas, del aprendizaje de compartir la vida con Marimar y de esas pocas cosas que solo terminan de comprenderse con el paso de los años. También de su admirado José Luis Sampedro, del que recuerda esta reflexión: “Sé que el mundo va en un tren de alta velocidad. Pero, si esa dirección no me gusta, me subiré a una burrita e iré hacia el otro lado. Quiero una vida en la que sea normal pararse a hablar con la gente”.
Es una conversación sobre la curiosidad, el compromiso y esa manera de vivir que no se conforma con los titulares, sino que busca entender qué hay detrás.
Ojalá también te abra alguna puerta.











