La Medular
Sabiduría cercana
Rubén Aranguren
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Rubén Aranguren

Capítulo 7: Aplicarse antes que dar lecciones

Con Rubén fue así.

En el verano de 2025 mi familia y yo llegamos a un pequeño pueblo de Navarra de apenas un centenar de habitantes. Allí conocimos a Rubén, un hombre de 78 años, jubilado, que sigue levantándose cada mañana a las seis para trabajar la tierra. Él mismo se define como alguien “terrenal y ancestral”. Creo que no le falta razón.

Lo primero que me llamó la atención no fueron sus palabras, sino sus gestos. Dejó que Nico, mi hijo pequeño, entrara en el corral con las gallinas, cogiera tomates del huerto y descubriera el campo con la naturalidad de quien entiende que la tierra se comparte. A partir de ahí empezamos a pasar algunas tardes con él. Cuando el resto se marchaba, yo solía quedarme un rato más.

Había algo en su manera de hablar que me retenía. No eran grandes discursos ni frases preparadas. Eran pequeñas gotas de sabiduría que aparecían de forma espontánea, mientras hablaba de cualquier asunto. Era capaz de decir, casi sin darle importancia: “A veces te cae algo del cielo. Suerte, no solo caca de paloma.” O de contar que, desde niño, cuando alguien se lo pide, le gusta cantar a los muertos para despedirlos con alegría, recordando cómo fueron en vida, para que no solo quede la tristeza de su marcha.

Entonces todavía no existía Sabiduría cercana. Sin embargo, ya existía esa atracción por detenerme a escuchar a las personas que, casi sin proponérselo, iluminan la realidad con una forma distinta de mirarla.

Antes de volver a Alicante le pedí el teléfono. Me advirtió, entre risas, que él solo respondía a las llamadas... y a veces ni eso.

Su contacto permaneció un año entero en silencio dentro de mi agenda.

Hace unos días decidí llamarlo. No respondió. Le envié un mensaje. Tampoco. Hice un último intento y, al quinto tono, descolgó.

— “Rubén, soy Pablo, de Alicante”.

Sin necesidad de explicarle nada más, respondió:

— “Hombre, el que estuvo el año pasado por aquí con su familia, ¿no?”.

Al minuto ya estaba reflexionando sobre la vida. Aquella conversación duró casi media hora y, mientras colgaba, solo podía pensar una cosa: ojalá hubiera estado grabando.

Cuando le propuse participar en el pódcast dudó. No le atrae llamar la atención ni sentirse juzgado. Ni siquiera tiene interés en que aparezca su apellido. Pero cuando entendió que la intención no era convertirlo en protagonista, sino conservar una manera de mirar la vida que quizá pueda servir a otros, aceptó.

Quedamos a las diez de la mañana.

— “A las diez en punto, ¿eh?”.

La conversación duró una hora y media.

Hablamos de la tierra, del tiempo, de la vida, de las personas y de todo aquello que solo aparece cuando alguien habla sin necesidad de demostrar nada.

Al despedirnos me dijo una frase que, sin saberlo, resume mejor que yo el sentido de este proyecto:

“Está muy bien esto de aportar algo a la sociedad desde tu profesión. Sacar historias tradicionales y que quien quiera escuche el recorrido vital, por si sirve”.

Claro que sirve.

Porque Sabiduría cercana no nace para buscar personas extraordinarias. Nace para acercarse a personas corrientes que han vivido lo suficiente como para que su manera de estar en el mundo merezca ser escuchada.

La conversación terminó porque mi mujer necesitaba recuperar el teléfono. Él, sin embargo, se quedó con ganas de seguir hablando.

— “Otro día te cuento mi historia con los árboles”.

Nos despedimos.

Yo le dije adiós.

Él respondió con una sonrisa:

— “Aio”.

Colgué con la sensación de que aquella entrevista no cerraba nada. Al contrario. Sentí que acababa de encontrar una de esas voces que no se escuchan para admirarlas, sino para acompañarse de ellas un rato.

Y pensé que quizá esa sea, en el fondo, la razón de ser de Sabiduría cercana: conservar testimonios que, de otro modo, el tiempo acabaría llevándose.

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Por supuesto, sigue adelante.