Dolores se llama Dolores.
Pero joven es la palabra que aparece cuando uno pasa un rato con ella.
No porque la vida le haya evitado los golpes. Más bien al contrario. La marcha temprana de su hermano le enseñó pronto que el tiempo no avisa. Años después llegó la despedida de su marido, el hombre con quien compartió amor, camino y una forma de mirar el mundo que todavía hoy la acompaña.
Sin embargo, hay personas que convierten las heridas en murallas.
Y hay otras que las convierten en puertas.
Dolores pertenece a las segundas.
A sus 76 años conserva una energía que no tiene que ver con aparentar menos edad, sino con seguir estando disponible para la vida. Lee. Escucha música clásica. Pasea con su perro. Conversa con vecinos. Mantiene viva esa curiosidad sencilla que hace que cada día siga teniendo algo por descubrir.
Sus prioridades también parecen claras.
Comparte techo con su hija y su nieta, acompañando sin invadir. Ha prestado una vivienda a su hijo cuando la ha necesitado. Y cuando puede, se sube a un tren para cruzar media península y abrazar a otra nieta en Pontevedra.
No vive preguntándose qué le debe la vida.
Más bien qué puede seguir ofreciendo mientras está aquí.
Y todavía guarda un sueño pendiente.
China.
Le gustaría conocerla antes de que termine este privilegio extraordinario que es estar viva. Tiene incluso una llave para hacerlo: la posibilidad de viajar con Iberia gracias al legado que dejó su marido, antiguo mayordomo de la compañía.
Como si la vida, después de cerrar una puerta, hubiera dejado una ventana abierta.
Y Dolores sigue mirando por ella.
Quizá porque entendió hace tiempo algo que muchos tardan décadas en aprender: que la juventud no es una cuestión de años. Es una forma de relacionarse con el tiempo que queda.
Seguir teniendo ganas.
Seguir moviéndose.
Seguir diciendo sí a lo que llama.
La vida le entregó dolores.
Ella decidió seguir siendo joven.











